Tuesday, June 29, 2010
Maquinación de infancia
El otro día le contaba a Gatica que cuando tenía ocho años hubo un día en el que maniaté todo un plan para poder darme el gusto de tomarme un helado gigante solo y caminando. El recuerdo lo extraí de mi paso por esa ciudad nortina en la que viví varios años, y de la cual, tengo el núcleo fundamental de lo que fue mi infancia. A fines de febrero, un par de días antes del terremoto tuve que viajar para encargarme de las cosas de mi papá que se encontraba hospitalizado. Eso me llevó a tener que recalar una vez más en Ovalle, de la misma forma en que unos meses luego del nacimiento de la Kamila, no se me borraría nunca más el recuerdo de ese viaje en la camioneta roja y la explicación que me daban mis papás de todo lo que estaba pasando.
El asunto es que de pronto ya abajo del bus, comencé a caminar y sin hacer demasiado esfuerzo tenía una aceptable ubicación espacial. Tampoco resulta algo tan meritorio, desde el punto de vista de la amplitud de la ciudad, pero no dejar de ser interesante el hecho de que recuerde con tanto detalle sus calles, avenidas, árboles y una que otra característica. Nunca me gustó demasiado vivir ahí, es más, siempre decía que teniamos que volver a Santiago. Es increíble que ahora lo que menos quiera es volver a vivir a Santiago. Caminé el centro completamente, en una oficina del sernatur entré a pedir un mapa para conservarlo y no tenían ninguno de Ovalle, sólo me dieron uno de la cuarta región. De todos modos, la señorita que atendía era bastante agradable a la vista, por lo que sentí que no perdí el tiempo en ir. Es más, traté de conversarle un poco sólo para darme ese gusto. Al final su pronunciación terminó por matarme las pasiones.
Me senté a leer Auster en la Plaza de Armas, esperando a un caballero que hace negocios con mi papá que me llevaría a Montepatria. Cuando me llamó dijo que se iba a demorar unas dos horas más, asi que tuve que hacer tiempo. Caminé a la alameda y entré a almorzar a un local de Pollos Asados al que solían pasar mis papás a comprar cosas ricas. Estaba mal cuidado, casi en decadencia. En ese tiempo era lo top, o algo por el estilo. Lástima.
Luego, me senté a escribir en una banca buscando la sombra e hice un par de llamadas. De pronto vi pasar a un niño tomando un helado, y ahí fue donde me acordé de todo.

Fue durante Julio, había estado de cumpleaños hace más o menos una semana y eso significaba haber recibido varios regalos, que me celebraron el cumpleaños con mis amigos y que andaba adinerado por la vida. En esos tiempos en que tener cinco lucas era ser millonario, recuerdo haber destinado ese dinero a cosas productivas. Como comprarme sobres del álbum del mundial, dulces, un cuaderno de croquis en el que dibujaba las banderas de los países y el resto haberlo ahorrado. Fue un día, en el tercero B, en que conversaba con la Cadima que me iría caminando solo a mi casa un día. Ella había vivido a unas calles de distancia hasta hace poco y comprendía la distancia desde el Santa María hasta allá, y para un niño era bastante. No sé qué era lo que me motivaba a tener que caminar ese trayecto, pero alguna justificación creo entender que tenía tener que cumplir ese deseo. Ella no me creyó que lo haría, y no recuerdo si después le dije que finalmente caminé hasta mi casa. Ahora, el problema fue cómo hacía eso sin que nadie pudiera darse cuenta, mi mamá no me daría permiso nunca para hacer eso a los ocho años por más ciudad nortina tranquila se tratara. Eso, antes teniendo que despistar de alguna forma a la tía del furgón para no tener que irme.
Lo que hice fue decirle a mi mamá que iba a quedarme en el colegio haciendo un trabajo en grupo la biblioteca y que después el papá de no se quien nos iría a dejar a la casa. Mi mamá, que por lo general siempre exigía hasta el mínimo detalle de las persona, por algún motivo omitió sus interrogatorios a los que me tiene acostumbrado hasta hoy. A la tía del furgón ese día le dije que no me iria de vuelta a la casa porque me iba a ir a buscar mi mamá.
Efectivamente estuve en la biblioteca después de clases. Me gustaba ir a la biblioteca a ver esos libros ilustrados donde salían caballeros de la edad media, gente con pelucas extrañas y banderas y escudos. Creo que las banderas de los países y las capitales siempre fueron mi obsesión de infancia, de hecho hasta el día de hoy son algo importante. Pero ya más grande, tomaría una apreciación más valorativa por la geografía y lo mapas. También me gustaba hojear libros de cosas que no entendía pero que me parecían interesantes. Había un libro de los animales donde salían cosas triviales y como era gigante nunca terminé de verlo por completo. La cosa es que justo esos días habían anunciado un temporal o algo asi, y la noche anterior había estado lloviendo. El día estaba algo nublado seguramente. Cuando salí del colegio y emprendí rumbo, pasé por la plaza y me compré uno de esos helados gigantes que vendían en una gelatería que ya no existe, y me fui tan feliz caminando después que poco me importó que comenzará a llover a cántaros. Caminé todo el trayecto a mi casa ese día, empapado completamente y aunque la lluvia se había vuelto intermitente, me di el lujo de entrar a un negocio a comprarme unos chocolates y seguir caminando bajo la lluvia. Cuando llegué a la casa mi mamá me miró con una cara extraña, pero retona. Me retó porque llegué estilando y porque nunca me vino a dejar el papá de mi compañero por haberme quedado haciendo el trabajo en grupo que nunca en la vida existió. Le dije que al final los demás se fueron, y la tía del furgón también, asi que tuve que tomar un colectivo y me mojé porque caminé un poco hasta la plaza. Ese día sentía que había hecho que nadie más se había atrevido, ni siquiera mi mamá ni mi papá. Es chistoso que me acuerde con tanto detalle de cosas asi de mi infancia, pero no puedo evitar sentir nostalgia por esos años en que la vida era algo tan simple. Cómo me gustaría quedarme dormido y mañana despertar teniendo ocho años.
 
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Monday, June 14, 2010
Ansiedad Mundialera
Al fondo de la sala una bandera gigante de Chile estuvo colgada durante todo un mes, porque no había que esperar a septiembre para sentirse chileno y no había que ser demasiado nacionalista como para apoyar a la selección de tu país en un mundial de fútbol. Más, es necesario tener en cuenta, que en tercero básico es difícil lograr dimensionar lo que significa un mundial, y que en contraposición a ello, un niño reacciona de forma genuina a ciertos fenómenos sociales a su alrededor. Y asi fue, todo estaba un poco revolucionado, incluso en aquellas pequeñas ciudades nortinas en donde el ritmo de vida permite a su gente hacer la pausa sin tener que preocuparse por cosas como la productividad y la eficiencia.
La profesora de ese curso estaba más expectante que todos sus alumnos juntos, uno bien participativo y bullicioso llevó un bombo mediano y fue instalado bajo la bandera, turnados para ir golpeándolo y arrimando esos ce-hache-i con otro de esos bulliciosos que apenas entendían las operaciones básicas de matemática, pero bien podía aprenderse hasta la fecha en que murió la abuelita de Pedro Reyes. Todo era risa y ansiedad, y Carcuro ese miércoles diecisiete de Junio ilusionaba a un país hablando de una buena actuación ante Italia hace menos de una semana. Ante esos reiterados gritos y el bombo que sonaba sin parar, la profesora les llamó la atención, y unos días después en el tercer partido de primera ronda le terminaría pasando la cuenta a uno de ellos con una anotación de cinco líneas por decir un garabato inmediatamente después de la palabra negro.
Ahí estaban los equipos comenzando a cantar sus himnos nacionales, y frente al televisor
la más ingenua solemnidad de unas pequeñas ratas que cantaban como si estuvieran en Saint Etiene.
En el tiempo previo, entre juntar el álbum y en cuadernos viejos anotar los grupos proponiendo las más variadas elucubraciones, se pensaba en Chile perdiendo en cuartos de final con Dinamarca como el final de esa historia, pero todos conocemos cómo fue que se dieron las cosas finalmente. Los noticieros de los días anterior al cotejo representaban a este como la oportunidad perfecta para vengar ese famoso penal de Caszely y lo del mundial del 82, más todo eso que hablaban los vecinos con sus tiernas poncheras y vago conocimiento estadístico de Chile en los mundiales. Lo que si todos tenían claro era que ese partido había que ganarlo si o si, para tratar de ir asegurando la clasificación a segunda ronda y ojalá no toparse a Brasil en ella.
En los momentos exactos al gol de Chile ya habían críticas infundadas contra el equipo, que de un segundo a otro pasaron al olvido, y se desató esa algarabía característica de la alegría instantánea que suele demostrar de la forma más gráfica posible y restringida, lo disímil de una sociedad acostumbrada a no ver demasiados resultados deportivos satisfactorios y que ante el primer indicio de éxito suele empaparse al máximo sin guardar la prudencia en cuanto a lo que puede venir. Cosas que hace más de una década era posible apreciarlos en una sala de clases con niños formando lo más esencial de sus aprendizajes, y que aún hoy, siguen siendo defectos de una generalidad, provocada ya sea por los medios de comunicación masiva, la opinión pública-privada y ese extraño germen incomprensible de confianza excesiva.
Ya con Chile ganando uno a cero al final del segundo tiempo, sólo esperaban que todo acabara lo más rápido posible moviendo los pies y extendiendo las manos. Todo era silencio, silencio la profesora, silencio el bombo, silencio el televisor, excepto una persona. Esa típica niñita en su tono burlesco, caprichoso y mimado comenzó a vociferar el empate de Austria como un hecho casi seguro e inevitable. Los demás divididos entre la mirada de reojo y la indiferencia, sólo se limitaban a no despegarse de la imagen en movimiento. Empecinada en esa idea compulsiva de tener que compartirla, de pronto ese nerviosismo, esos segundos que frente a un televisor se vuelven eternos, esa sensación de acabar una angustia para lograr respirar con tranquilidad se tradujeron en uno de los silencios más profundos y decepcionantes a la corta edad de aquellos que vivían esas cosas de forma intensa. Ese maldito gol de Vastic a los cuarenta y seis del segundo tiempo sólo venía a corroborar ese viejo cliché de ser un país salado deportivamente y en especial en el fútbol, e incluso para aquellos preferían darle connotación divina, una deuda del Dios para con un pueblo que de vez en cuando debía pagarla, y con ese deporte masivo y multitudinario. Otros simplemente hasta el día de hoy siguen pensando que todo fue culpa de las palabras de una mal intencionada niñita que no supo medir lo que decía.
 
posted by Voknahelio at 5:15 PM | Permalink | 0 comments